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domingo, 15 de febrero de 2026

 

BOCACCIO

YO leía a Bocaccio a la luz de una linterna en mi camarilla cuando era seminarista. Sus aventuras galantes me hacían reír Y soñar. También me la meneaba. A los dieciséis años mis hormonas estaban revolucionadas. No daba paz a la mano. Era un libro prohibido en el seminario. Venida la inspección de visita en seminario, le daba la vuelta al lomo de la novela y ponía otra etiqueta “Las fundaciones de Santa Teresa de Jesús”.

El libro nos remonta a los tiempos medievales cuando la Peste Negra se llevó por delante a media Europa. Un grupo de damas y caballeros florentinos con ganas de vivir y olvidar la guadaña de la gran pandemia de 1348 salían a las afueras de la ciudad a tener un día de campo, cantaban, bailaban, retozaban y cada uno contaba una historia.

 Lúbricos cuentos picarescos, burlas, engaños, maridos cornudos, malcasadas salidas, novicias que caen en las garras de capellanes libidinosos. En fin, el tema eterno de la jodienda que nunca tuvo enmienda. La historia que más hilaridad ha causado en todas las naciones creo que fue la del Hortelanillo de las Clarisas que se hizo pasar por mudo y un día una de las monjitas mientras estaba podando un manzano subido a una escalera dos monjitas observaron sus garantías─ estaba mejor dotado que un carabinero─.

Vieni, vieni anchio. Ven pa acá─ le dijo una monja a su compañera.

─No le llames. Tenemos voto de castidad

─A nadie le importa. Lo metemos en la cabaña y probaremos lo más delicioso que hizo Dios, el mayor goce para una mujer el ser poseída de varón

─Uf. Hermana. ¿Y si se entera la madre superiora?

─ Nadie lo sabrá. El hortelano es mudo

El gran Pier Paolo Passolini narra la escena de este cuento bufo tan tierno como picaresco y enfoca la cámara y muestra que todas las monjas estaban observando el trajín desde la ventana de las celdas. Desde esta contemplación a todas las monjas se las iba pasando por la piedra pero cuando la madre abadesa reclamó sus servicios, el hortelano cansado habló:

─No puedo más. Estoy  exhausto─ gritó el hortelanillo. Y a mí su descorazonamiento me recuerda una canción castellana de aquel bercero al que no le pagaban renta sus monjas y les envió el recado por el órgano música cantada y si el nabo se me nace y la pija se me pone tiesa el primer nabo que plante será el suyo, madre abadesa

Qué se le va a hacer. Era la edad media y sus reverencias la tenían bien puesta. Verdaderos garañones con sotana. Nada de mariconería. Virilidad a punta pala.

 

─ Milagro.

Se produce una revolución en aquel convento de clarisas. Redoblan las campanas y corre la voz por toda la Campania de que por intercesión celestial un mudo ha recobrado el habla. Son organizadas peregrinaciones para ver al santo.

Su bellaquería se trasformó en santidad y en otros episodios el gran escritor del Renacimiento italiano, tan imitado en España, pasa la cinta por las costumbres depravadas de los eclesiásticos sin que esto fuera óbice a la gran fe. Creo que Bocaccio critica el celibato y el abuso del pecado cometido por los clérigos incontinentes. El más ruin jabalí se zampa la mejor bellota y para gozar de sus feligresas sin que se enterasen sus maridos utilizan las más sutiles ardides.

Pier Paolo Passolini y Giovanni Bocaccio santos de mi devoción orate pro nobis.

Ya confirmé que mi fe no es un problema de bragueta

Domingo, 15 de febrero de 2026

 

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